Los apaleadores de Parras: cuando la nuez cae como bendición
En Parras de la Fuente, hay sonidos que anuncian la temporada mejor que cualquier calendario. Uno de ellos es el toc, toc seco del palo golpeando el nogal. Ahí andan los apaleadores, hombres de manos curtidas y mirada tranquila, haciendo lo que se ha hecho aquí desde siempre: bajar la nuez como Dios manda, con paciencia y oficio.

¿Cuándo es la pizca de nuez?
La pizca llega entre finales de agosto y septiembre, cuando el calor afloja tantito y el nogal “avisa” que ya está listo. No hay prisa moderna que valga: se espera el punto exacto, se apalea con respeto y se recoge a mano. Aquí no se corre; se trabaja bien.
Un oficio con historia
El apaleador no improvisa. Sabe dónde golpear para no dañar el árbol, cuánto y cuándo. Es un conocimiento que pasa de generación en generación, como las recetas y las historias al caer la tarde. Antes de maquinaria y atajos, estaba el palo, el costal y la familia entera ayudando. Y así sigue, porque lo que funciona no se cambia.

Algo increíble (y verdadero)
Hay quien dice que cada nogal “tiene su carácter”. Algunos sueltan la nuez fácil; otros se hacen del rogar. Los apaleadores lo saben y los tratan distinto. Puede sonar romántico, pero es puro respeto por la tierra. Y cuando la nuez cae —limpia, redonda, brillante— se siente como un premio ganado, no como un producto sacado a la fuerza.
Tradición que sabe a casa
La pizca no es solo trabajo: es convivencia, es café temprano, es sombra compartida y risas entre costales. De ahí nacen las nueces que terminan en dulces, panes y mesas familiares. No es marketing; es identidad.
En Parras, la nuez no cae sola. La bajan manos que honran la costumbre. Y eso, hoy más que nunca, vale oro.
